Mujer LEO Hombre VIRGO

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¿Piensan, tal vez, que es exagerado pedir que el amante-amigo-consorte-pareja le haga una reverencia a la Leona que yace lánguidamente en la cama? (En un buen matrimonio se aplican los cuatro términos, que además son intercambiables.) Volviendo a la pregunta: posiblemente sea exagerado pedírselo a él, pero nunca será un homenaje exagerado para ella. Intuyo que algunos de ustedes se reirá. No importa. La astrología tendrá, como siempre, la última palabra. A aquellos hombres de cualquier signo solar que estén leyendo esto y que tengan una esposa Leo, los desafío dos y tres veces a ensayarlo mañana por la mañana. No la sobresalten, súbitamente. Empiecen por llevarle el desayuno a la cama, en una bandeja, aunque sólo consista en jugo de fruta y té o café. Es posible que ella demuestre su sorpresa, arqueando discretamente una ceja, pero lo agradecerá afablemente. En ese mismo momento, hínquense de rodillas en el suelo junto a ella, con un aire mitad jocoso, mitad serio, tomen su mano, apóyenla contra su mejilla, y digan en voz baja: «Ésta es la única forma que se me ocurre de demostrarte lo que significas para mí». Poco importa quién sea ella. Si se trata de una mujer Leo (a menos que la hayan adoptado, y que en realidad sea capricorniana, en cuyo caso pensará que se habrá vuelto loco), aunque esto suene muy «histriónico» o teatral, la dama sonreirá radiantemente, sus ojos brillarán, sus mejillas se sonrojarán de placer… y te mirará con tanto cariño que te dejará momentáneamente alelado, y ya no te sentirás ridículo. Ensáyenlo y compruébenlo personalmente. No hay en el mundo una sola Leona a la que la abochorne semejante escena. En realidad es asombroso comprobar con cuánta informalidad y donaire un Leo acepta cualquier tributo de veneración como algo natural y justo. Algunos Leo lo exigen, y todos lo desean… y absolutamente ninguno lo rechazará jamás. Éste es un hecho incontrastable.

Ahora pueden imaginarse a una mujer que experimenta una necesidad abrumadora de ser adorada, y que está enamorada de un hombre Virgo, el cual bien la ama, pero no atina a escoger una tarjeta sentimental para felicitarla en el día de su cumpleaños, es demasiado tímido incluso para mirarla con afecto delante de otros, para no hablar de tomarle la mano o rodearla con el brazo cuando miran los demás… un Virgo que sólo le dice a su Leona «te amo» quizás una vez por año, que siempre la regaña por sus derroches, que le exige que sume y reste en la calculadora los cheques cancelados, mientras ella permanece valerosamente plantada delante de él, demasiado altanera para llorar, luciendo un suéter nuevo, un nuevo peinado, otro color de lápiz labial, y suplicándole en vano con la mirada que elogie su belleza. ¿Se lo han imaginado? ¿y les entristece? Esperen. Les pintaré otro cuadro desolador. Preparen el pañuelo. Un hombre Virgo puede sufrir vértigos e hipertensión arterial cuando lo obligan a vivir en medio del caos y la confusión. Este hombre debe conservar el orden en su existencia y su entorno, pues de lo contrario su sistema nervioso se desquicia. Práctico y conservador por naturaleza (a menos que la Luna o el ascendente de su natividad esté en un signo de Fuego o de Aire), aborrece la disipación y el despilfarro. Se preocupa por su salud, se ofusca por los detalles, y cuando se rompen sus esquemas, o incluso cuando se alteran momentáneamente, se marea y experimenta una opresión en el pecho. Lo acomete el pánico cuando sus bienes personales se extravían o son destruidos. Los gritos y las escenas dramáticas y emocionales desbaratan su sosiego. Es afable, y un poco introvertido y sensible, y por tanto cuando algo lo humilla casi desea estar muerto. (O por lo menos misericordiosamente desvanecido.)

Ahora imaginen a un hombre con hábitos tan rutinarios, con costumbres tan metódicas y una estabilidad emocional tan delicada, enamorado de una Leona, que también lo ama, y que sin embargo insiste en gastar el doble de lo que ganan los dos juntos para comprar todos los lujos que ve y que la atraen, que reordena periódicamente el escritorio y la cómoda de él y arroja a la basura sus calcetines y corbatas favoritos si por casualidad no la complacen sus colores, sin tomarse el trabajo de comunicárselo. Agreguen unas cuantas pinceladas más al cuadro. Imaginen que esta Leona tierna y cariñosa deja distraída e involuntariamente sobre el lavamanos sus artículos de maquillaje, que desparrama descuidadamente sus pijamas por el dormitorio como si esperara que una legión de criados restaurase la pulcritud y el orden, que se irrita con su hombre Virgo cuando éste ofende su dignidad de alguna manera insignificante, y que lo castiga con un sermón propio de Leo delante del plomero. ¿Pueden imaginarse lo que experimenta este hombre sensible cuando por la noche ella le cuenta historias de todos sus antiguos novios, justo antes de acostarse, mientras él está plantado humildemente frente a ella, luciendo el pijama que ella manchó, y que ostenta en el costado un desgarrón que él mismo intentó zurcir torpemente, en razón de lo cual una pierna es diez centímetros más corta que la otra… nervioso y consciente, mientras ella recita los episodios románticos de antaño, de que el reloj despertador está averiado, lo cual implica que es posible que él se quede dormido y que a la mañana siguiente llegue tarde al trabajo… procurando olvidar que esa tarde ella abolló el guardafango posterior del auto, y que el mes anterior no pagó el seguro del carro porque estaba totalmente consagrada a redecorar el cuarto de juegos, en razón de lo cual él tuvo que constituir una segunda hipoteca sobre la casa para pagar los gastos?

No necesitan más imaginación para saber qué sucederá después de la escena precedente, cuando se apaguen las luces. La Leona se sentirá herida porque su cónyuge se habrá dormido instantáneamente (como le corresponde a alguien que ha sufrido un colapso nervioso total) sin darle las buenas noches con un beso. Incluso es posible que ella esté aún más ofendida por la mañana, porque el pobre hombre habló en sueños durante toda la noche, lo cual le impidió disfrutar de su apropiado descanso embellecedor. Él tiene la culpa de todo, le informa la Leona, cuando se mira en el espejo y ve sus ojeras. Sí, todos estos son casos extremos, pero los extremos son útiles para alertar a un hombre y una mujer que deben cuidar mucho sus respectivos talones de Aquiles si desean nutrir, en lugar de matar por inanición, el amor que experimentaron al conocerse. El egocentrismo, la vanidad y el orgullo de la Leona se transforman por arte de magia en afable consideración y cariñosa generosidad cuando la miman y la adoran, cuando respetan sus sentimientos… sí, incluso los veneran. Así como las críticas obsesivas y el frío desapego del hombre Virgo se transforman por arte de magia en tierno afecto y en un comportamiento extrovertido, más sereno y al mismo tiempo más cordial, cuando lo tratan con cortesía y lo valoran sinceramente, en lugar de hostigarlo a cada rato. Si él desea hacer prosperar esta relación, deberá comprender desde el vamos que tendrá que reprimir, si no desechar por completo, su propensión natural a ser criticón. Criticar a esta mujer es una garantía de que habrá problemas. Su orgullo de Leo determina que le resulte más difícil de lo que él jamás podrá comprender (o de lo que ella jamás podrá demostrar) el aceptar aunque sólo sea la censura más insignificante.

Cualquiera pensaría que le resultaría más fácil recibirla del hombre que la ama. No es así en el caso de la mujer Leo. La ofende más que sea el hombre que le interesa, y no cualquier otro, quien desaprueba algo que ella hace o dice. A la Leona sólo se la puede corregir mediante insinuaciones sutiles, utilizando el mayor tacto, y nunca con críticas directas menos aún con sermones. Hay que dejarle conservar la ilusión de que está más o menos por encima de todo reproche. No se le dice a la reina que está equivocada, sino que se le sugiere prudentemente un plan mejor. Al principio, el hombre Virgo se sentirá frustrado por el hecho de tener que reprimir por completo su instinto crítico, pero deberá acostumbrarse sencillamente a ello o resignarse a que la Leona que capturó se evada inevitablemente de la jaula restrictiva de sus censuras para volver a deambular en libertad. La opción es tajante, y recae sobre él. Aunque a un Virgo nunca le resulta fácil tributar cumplidos con gracia, él deberá aprender a satisfacer el hambre y la sed de admiración que experimenta esta dama. Asimilará más rápidamente este arte cuando descubra hasta qué punto los halagos frecuentes y sinceros pueden endulzar y suavizar el carácter de ella, y pueden transformar su rugido colérico o su enfurruñamiento orgulloso en un ronroneo satisfecho. Una o dos palabras afectuosas, pronunciadas en el momento oportuno, harán aflorar con todo su esplendor la personalidad fulgurante de la Leona. Ésta es un animal «noble», y cuando el hombre estimula sus cualidades regidas por el Sol, y no las sepulta bajo toneladas de conservadurismo materialista de Virgo, la Leona puede ser una eterna fuente burbujeante de esperanza y dicha, cuya compañía es maravillosa en todo sentido… y capaz de crear exactamente el tipo de atmósfera armoniosa que él necesita. Se torna perezosa y negligente sólo cuando está aburrida y no se siente apreciada. Por supuesto, ella deberá bajar de su trono y encontrarse con él a mitad de camino. Nunca deberá discutir con el Virgo a la hora de la comida, mientras éste ingiera sus lentejas y garbanzos, porque las emociones tensas convierten los alimentos en ácidos, que producen una fuerte indigestión. Si ella lo ama tanto como para tomarse el trabajo de tratar de entender su metabolismo emocional personal, y el hecho de que se sienta obligado a resolver todos los pequeños y grandes problemas que se le presentan porque piensa que si todo no está en orden y en perfectas condiciones su mundo se vendrá abajo, el corazón generoso de la Leona encontrará la forma de hacerle desarrugar el ceño y de mitigar muchas de sus tensiones.

Ella podrá recordarle que la perfección misma es una imperfección, porque le quita a la vida el encanto del contraste y todas las texturas excitantes formadas por la luz y la sombra, dejando sólo una superficie lisa, monótona y tediosa. Pero todo esto deberá explicárselo afablemente, sin arrogancia, cuidando de respetar también las opiniones de él… y escuchando realmente lo que le dice mientras conversan, en lugar de limitarse a esperar que le llegue a ella el turno de hacerse oír. Si no existe una comunicación mental y emocional entre ambos, que no esperen que su unión sexual sea todo lo que debe (y puede) ser. Habrá momentos en que el acto amoroso de él será demasiado insensible y mecánico para los deseos más espontáneos de ella, y entonces la desaprobación ostensible de la Leona aumentará la humillación y el desaliento del Virgo. La fría soberbia de ella puede actuar como un sedante sexual, y la silenciosa crítica de Virgo tampoco es precisamente el afrodisíaco más eficaz de la Naturaleza. Él debe permitirse más libertad y entusiasmo en su expresión sexual para descubrir que el acto amoroso está destinado a ser algo íntimo y compartido, sin temor de rechazo, y no simplemente un desahogo cauteloso y parcial de sentimientos, y también que la desbordante experiencia de la fusión física entre un hombre y una mujer es algo más que un simple intercambio controlado de afecto. Ella necesita verificar que la pasión puede ser a veces apacible, como un susurro. A menudo, lo único que les hace falta para unir sus corazones y transportarlos a la realización total que pueden alcanzar juntos es un cambio de actitudes… y un pequeño esfuerzo adicional para comprender sus respectivas necesidades más intrínsecas, que no son tan diferentes como podrían parecer.

Como están influidos por la vibración 2-12, es posible que él represente para ella, de alguna manera, una seguridad material o emocional, en tanto que ella intuye que de este hombre inteligente, escrupuloso, puede aprender muchas lecciones de felicidad. A medida que se familiaricen el uno con el otro, es indudable que él aprenderá a tolerar con más ternura su temperamento independiente, impulsivo. Si ella es paciente, notará que él se enorgullece tímidamente de su belleza y sus éxitos. El amor entre Leo y Virgo se parece a una llama que arde lentamente, pero con un brillo que aumenta progresivamente de año en año, si la alimentan cuidadosamente y la protegen de los vientos del egoísmo. Él es un hombre extrañamente remoto, a veces exageradamente sensible, y en otros momentos tercamente insensible, con una implacable simetría en sus pautas emocionales. Pero su espíritu vive en un clima de pacífico sosiego. Los fríos recintos marmóreos de sus meditaciones son un lugar de reposo que el espíritu de ella puede visitar… y a veces él hace cosas, con su típica parsimonia, que resultan realmente conmovedoras al máximo. Cuando su vida en común amenaza volverse quizá demasiado ordenada y precisa, corre por cuenta de ella abrir impulsivamente las ventanas para que el sol pueda entrar a raudales, y para darle a su amor un aire más trajinado. Me pregunto qué sucedería si ella le diera a él la sorpresa de llevarle una mañana su desayuno a la cama. Deberá ser muy temprano, antes de que amanezca, porque tal vez a él se le ocurrirá una forma especial de agradecérselo, una forma que podría implicar mucho tiempo… y ella deberá cuidar que esto no lo haga llegar tarde al trabajo.

Adaptación de Linda Goodman

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