La relación LEO-VIRGO

Cuando las luminarias y ascendentes de sus respectivas cartas natales tengan un aspecto armonioso, el León y el o la Virgen danzarán por el sendero de la felicidad, sonriéndose mutuamente y arrojando ramilletes, tan alegres y optimistas como podemos estarlo los mortales, y Leo rasgueará el ukelele y Virgo tocará el flautín, y entonarán con serenidad su canción al unísono. Si sonaran unas notas discordantes, Virgo hará vibrar inmediatamente las correctas en un diapasón, corregirá el desliz, y volverá a reinar la armonía entre ellos, mientras Leo luce una sonrisa radiante de afectuosa aprobación. Sin embargo, antes de seguir a estos afortunados hasta la Ciudad de Esmeralda, convendrá que nos detengamos y echemos una mano a las parejas Leo-Virgo que hayan tropezado en el camino y necesiten nuestra ayuda. No hay duda de que existen unas pocas asociaciones Leo-Virgo, dispersas y raras, que con bastante rapidez se lanzan de cabeza a forjar un vínculo sadomasoquista. Ahora no se pongan a conjeturar de entrada que en estas esporádicas situaciones Leo es siempre el cruel sádico y Virgo el pobrecito masoquista indefenso. Cuando estos dos se embrollan como amigos, parientes, socios, amantes o consortes, los papeles pueden distribuirse de cualquier manera. Detengámonos por un momento a contemplar las dos caras del problema, como si fuéramos Libra.

Tomemos primeramente al gran gato. Los Leo no son abusadores por naturaleza pero deben cuidarse de su tendencia a aguardar o exigir que los demás los consideren superiores. Cuando los «demás», ya sea en singular o en plural, han nacido por casualidad bajo el signo solar de Virgo, es comprensible que el gran gato sienta la tentación de exagerar un poco sus órdenes y mandatos. Los Virgo parecen someterse con tanta dulzura, mansedumbre y cortesía… al principio. Como los Leo son tan a menudo autoritarios, y además un poco arrogantes, a veces puede parecer que están machacando a los Virgo más introvertidos dentro de un molde masoquista, a medida que se exhiben y se eclipsan, y que hacen genuflexiones ante el rey o la reina… al principio. Claro que puede haber unos pocos casos en que esta especie de síndrome del «Sí, su Majestad», que exhibe el Virgo, y en que el síndrome del «Haz exactamente lo que te ordeno, porque yo sé», que exhibe el Leo, se cristalizan en una rutina, y después se consolidan en una convención triste y permanente, pero, como ya he dicho, ésta es una situación rara y poco frecuente. Lo más probable es que al cabo de un tiempo se produzca lo que la gente llama «la rebelión de la oruga». Cuando ocurre esto, Leo se queda perplejo al descubrir que el genuflexo y obediente Virgo tiene un límite de tolerancia, y que cuando se llega a ese límite, el resignado y silencioso Virgen se vuelve asombrosamente locuaz. De pronto, él (o ella) desgrana una lista de los defectos y carencias de Leo, con hiriente precisión, y después se aleja sosegada (y cortésmente) del palacio real con un aplomo y una determinación irritantes (como saben, Virgo es un signo de Tierra).

Luego tenemos el caso inverso: el infortunado León o Leona (este Leo pertenecerá invariablemente a la categoría del Gatito) que se convierte en la víctima de un largo asedio encarnado en el muy sutil trato de un Virgo frío, materialista, que disputa incesantemente (y poco importa que también sea cortésmente) cada pelillo de la melena de Leo, hasta que el pobre León (o Leona) queda casi calvo, en un sentido simbólico; que censura y menoscaba continuamente todos los logros o esfuerzos del gatito tímido; que analiza interminablemente los sueños de Leo para demostrar que son poco prácticos y que están tan llenos de agujeros como un queso suizo; y que critica cada palabra y cada gesto de Leo atribuyéndoles excesivo dramatismo. Al cabo de un tiempo, el Leo, despojado de toda dignidad, desprovisto de orgullo, y desposeído de su confianza en sí mismo, deambulará abatido por la casa o el aula, por la oficina o el cuarto de juegos, como el León plañidero del País de Oz, retorciendo nerviosamente su cola, protegiéndosela debajo del brazo, derramando cataratas de lágrimas… y buscando lastimosamente el don del coraje.

Aunque éste es un caso extremo, puede ocurrir. Sin embargo. es probable que esta historia tenga el mismo tipo de desenlace que la escena que utilizamos anteriormente como ejemplo, cuando se rebeló la oruga Virgo. Es raro que semejante situación se prolongue indefinidamente. El final más previsible es que la oruga Leo (no sé si me atreveré a llamar oruga a un Leo, aunque sólo sea en un sentido alegórico, pero hoy me siento inusitadamente audaz), es que la oruga Leo, repito, se rebele también, se transforme en un gato monstruoso y gigantesco, gruña… lance un rugido ensordecedor… se abalance sobre el desprevenido camorrista Virgo como cualquier felino se abalanza sobre un ratón… deje escapar magnánimamente al ahora asustado y ululante Virgo… y finalmente salga por la puerta (o sortee la valla del parque infantil), majestuosamente victorioso, envuelto en el manto de su cólera soberana, para no volver jamás. Todos éstos son los finales desdichados, los peligros contra los que debe precaverse esta configuración de signos solares 2-12, Tierra-Fuego. Ahora que saben cuál es el capricho que podría tentarlos, y que podría presentarse con algunas variantes si el aspecto Sol-Luna entre ellos está en cuadratura u oposición, o si sus ascendentes son recíprocamente desfavorables —y espero que les hayamos enseñado a prevenir semejante desgracia— podemos pasar a la faceta más luminosa de la asociación Leo-Virgo. Y ciertamente existe una faceta luminosa.

El Gatito y la Virgen de uno u otro sexo que han vencido sus diferencias y creado una atmósfera compatible, alegran la vista. Por fin Leo habrá encontrado un compañero afable, devoto, que valora sinceramente sus doradas virtudes de León… un súbdito que lo admira, inteligente, que le servirá y que a cambio será lealmente protegido (o protegida). Por fin Virgo habrá encontrado a alguien realmente digno de respeto (y Virgo es muy exigente), un amigo cordial y generoso, al mismo tiempo sagaz y cariñoso… suficientemente fuerte como para contar con él (o ella) en una emergencia, y al mismo tiempo suficientemente vulnerable como para necesitar los ajetreos y atenciones constantes de la (o el) Virgen. (La conciencia de sentirse necesitado suministra un estímulo embriagante al espíritu del solitario Virgo.) Cuando esta asociación es buena, es en verdad muy buena. Una vez que Leo le ha enseñado a Virgo que sencillamente no se dejará regañar y criticar constantemente, y una vez que Virgo le ha enseñado a Leo que el (o la) Virgen no tiene el propósito de convertirse en el esclavo de sus arrogantes exigencias y caprichos, entre estos dos puede generarse una comunicación cálida y vibrante, que es algo mágico. Mágico porque Virgo es lo que la astrología denomina un signo solar «humano», simbolizado por la Virgen, que cosecha mieses, y Leo es lo que la astrología denomina un signo solar «animal», simbolizado por el impávido amo de la jungla, el León (o su compañera, la sensual e igualmente confiada Leona). Alegórica o literalmente, nunca es fácil que un ser humano y un animal se comuniquen verdaderamente, y sin embargo cuando lo consiguen, uno evoca lugares como el Edén… o los bosques por donde transitaba tan gozosamente San Francisco de Asís, en compañía de lobos y aves y corderos… y de toda clase de bestias que confiaban en él.

Si bien los Leo pueden ser muy dramáticos y efusivos y pomposos, también son organizadores muy idóneos y equilibrados. Excepto en aquellas circunstancias en que el orgullo y la vanidad de Leo se convierten en obstáculos, los Leo tienen una reserva asombrosa de sentido común. El práctico Virgo admira esto, pero debe adquirir el hábito de decírselo a Leo. Así como Leo aprueba complacido el esfuerzo sincero de Virgo por desempeñarse en la mejor forma posible, a menudo en condiciones tensas y difíciles, pero pocas veces le tributa al Virgen (o la Virgen) el halago de valorarlo francamente por ser tan sensato y fiable durante la mayor parte del tiempo (por lo menos, con más frecuencia que muchas otras personas en las que Leo confía, sólo para sufrir desencantos).

Adaptación de Linda Goodman

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