La relación LEO-LEO

Dos Leo juntos constituyen toda la concurrencia necesaria para formar una Sociedad de Admiración Mutua. ¿Las cuotas? Vaya, la veneración, por supuesto. Ésta vale más que el dinero, para los grandes felinos. Sinceramente, nunca he conocido a un Leo de uno u otro tipo que no tuviera la espléndida aptitud leonina de iluminar un recinto. La vibración de Leo, regida por el mismo Sol, es casi tangible, es algo que pueden experimentar por todo su ser en presencia de un León o una Leona. Es innegablemente relajante regodearse en semejante tibieza, como cuando uno yace en la playa y los rayos solares le bañan el cuerpo, impregnándolo de energía y luz radiante. Realmente, ¿nunca han captado la tibieza que emana de los Leo que conocen, y que los envuelve… aunque se comporten como monarcas malcriados, los regañen por sus defectos y les den órdenes? Es difícil resistirse a los gatos y gatitos cálidos, cariñosos, afectuosos, juguetones. Y a los Leo cálidos, cariñosos, afectuosos y juguetones también. Casi todos los Leo ejercen una atracción misteriosa y magnética sobre los gatos. Uno de los Leo más sabios, nobles y venerables que conozco dice a menudo, con tono anhelante: «Los gatitos son lo único que vale». Supongo que todos los gatos se entienden y se fían los unos de los otros, tanto si están apareados en la jungla de la Naturaleza como en cualquier sitio.

En pareja, los Leo se ofrecen recíprocamente no menos que lo que ofrecen al resto de la gente: una feroz protección contra los enemigos, más una lealtad y una devoción insuperadas. Estos dos poseen, entre ambos, todas las cualidades necesarias para forjar una amistad perdurable. En verdad, la amistad que va mucho más allá de la acepción vulgar de la palabra es un rasgo común de los grandes gatos, cuyos equivalentes felinos simbólicos imitan la lealtad del León (así como su independencia y su fría altivez). Ambos tipos de gatos son capaces de realizar sacrificios heroicos y de sufrir penurias en nombre de la amistad, del amor o de una confianza sagrada, y esta especie de devoción perseverante desmiente la reputación que les atribuye complejos petulantes de superioridad, y modales autoritarios. En el siglo XV, el rey Ricardo III de Inglaterra condenó a prisión a Sir Henry Wyatt, leal al partido lancasteriano. Quién sabe cómo, una gatita curiosa se las ingenió para llegar a su celda oscura y húmeda, y entre los dos nació una entrañable amistad. El frío y el hambre que padecía ese hombre habrían sido insoportables si no hubiera contado con las visitas diarias de su leal amiga, la gata, que siempre que podía le llevaba un trozo de comida. Puesto que los gatos son, por naturaleza, animales aficionados a la comodidad, su única motivación era evidentemente el afecto, ya que la celda de Sir Henry era cualquier cosa menos un hogar cálido y acogedor. Todos los Leo llevan implícito el potencial necesario para esta lealtad y nobleza en las relaciones humanas.

Se sabe que una y otra vez los gatos corren grandes peligros y soportan inmensas penurias cuando recorren cientos, e incluso miles de kilómetros para reunirse con los seres amados de los que los separó el destino, y los grandes gatos humanos de Leo son capaces de realizar idénticos sacrificios y de desplegar idéntica perseverancia para reunirse con la persona que alguna vez amaron, aunque los obstáculos que los separan parezcan insuperables. No obstante cierto aire irritante de afectación y altiva independencia, el gato es una criatura extraña y maravillosa… el gato de una y otra categoría. Si no me creen, ¡pregunten a uno de ellos! Pocas veces Leo se siente embarazado por la modestia o el apocamiento. Es cierto que los Leones y las Leonas de Leo tienen otras cualidades no tan admirables. Así como pueden ser fuertes y valerosos en los momentos de crisis, también pueden ser insoportablemente arrogantes y pueden estar cegados a menudo por el falso orgullo. Su naturaleza cálida y su carácter radiante están sujetos a cambios imprevistos, que los transforman en ese tipo de frígida majestuosidad que asumen los monarcas cuando un plebeyo se atreve a salirse de su lugar y a criticar al rey… o a la reina. El León o la Leona lanzará un rugido de colérica advertencia contra cualquiera que amenace infringir el derecho del soberano a sentirse respetado y obedecido. Cuando estos dos unen sus vidas, generalmente riñen, se enfurruñan, gritan y se reconcilian más a menudo que los integrantes de cualquier otra configuración de signos solares 1-1 (excepto la de Aries). Se trata de una constante batalla interior o exterior por la supremacía. Se complacen confortablemente en convivir ronroneando, y comprenden recíprocamente sus vanidades exacerbadas, su falso orgullo y su necesidad de saberse admirados. Pero no pueden abstenerse de hacer proselitismo, ocasionalmente, para conseguir los votos de los animales de menor envergadura. Cuando están los dos solos en el escenario, durante la mayor parte del tiempo, consienten en ser iguales y consolidan su relación con el respeto mutuo. Pero cuando entra en escena una tercera (o cuarta, o quinta) persona, empiezan a disputarse el mando y la atención de un auditorio potencial que debe terminar por reconocer, al fin y al cabo, que sólo uno de los Leo es el astro, en tanto que el otro no es más que un suplente.

Esto vale tanto para los Leo que son Gatitos Tímidos como para los Leones y Leonas más dramáticos y extrovertidos, y la única diferencia consiste en que los primeros se emocionan con menos repiques de címbalos que los segundos. Todos los Leo deben ser reverenciados y admirados hasta cierto punto, y un gato no puede venerar sinceramente a otro sin renunciar al cetro del poder. No están destinados a hacer genuflexiones, sino a que se las hagan a ellos. Dos Leo lo hacen todo solemnemente, tanto cuando están solos como cuando están ante un público fascinado de extraños. Cuando un político Leo resuelve postularse como candidato a gobernador de un Estado, generalmente se tratará de uno de los más grandes. Los Leo hacen los regalos de mayores dimensiones y más costosos, normalmente optan por conducir autos enormes, prefieren cenar en los mejores restaurantes, sueñan los sueños más colosales, y categóricamente tienen un ego más descomunal que el de nosotros los plebeyos. Cuando ven a un Leo que conduce un escarabajo VW, pueden pensar, sin riesgo de equivocarse, que este León específico ha conseguido controlar su sed de poder y su complejo de superioridad. Sin embargo, siguen durmiendo dentro de él, latentes. Si se atreven a burlarse de su escarabajo verán cómo las comisuras sesgadas de sus ojos de gato se entrecierran a modo de advertencia.

Por mucho que nos disguste su altanería, generalmente se merecen con creces el homenaje respetuoso que pretenden y exigen. He dado este ejemplo de la vanidad de Leo con una intención específica. Se trata de una advertencia para todos los Leo que piensan entablar una relación estrecha con otros de su especie, y que, por tanto, no tardarán en competir, inevitablemente, por el estrellato, en el escenario de la sala familiar, de la oficina, o del nido de amor. Ambos ambicionarán mi mundo de… (lo que sea). Si no encuentran la manera de transigir y compartir el trono, designando sus iniciativas recíprocas con el nombre de NUESTRO mundo de… (lo que sea), alguien deberá llamar a los guardias. Los dos adjetivos mi y nuestro tienen significados marcadamente distintos, y la diferencia puede muy bien ser el factor decisivo del éxito o del fracaso en cualquier empresa conjunta que aborden los dos Leones, ya sea en el campo de los negocios, en el de la amistad o en el del amor. El Leo Napoleón Bonaparte fue uno de los grandes gatos más típicos que acecharon en la jungla política del planeta Tierra: un monarca nato de todo lo que divisaba, cuya arrogancia y grandiosidad soberana estaban claramente reflejadas en los óleos de todos los pintores que intentaron captar en el lienzo su porte majestuoso. Como muchos Leo, se rodeó de obsecuentes que reforzaban constantemente la imagen que tenía de sí mismo y confirmaban su opinión de que no podía equivocarse ni cometer errores, pecado de orgullo éste que lo llevó, por supuesto, a su inevitable Waterloo. Nunca existió la menor duda acerca de la identidad del hombre que controlaba a Josefina o a Francia, hasta que sobrestimó su poderío, como todos los Leo tienden a hacerlo en un momento u otro.

Extravagante y dramático, con un talante engañosamente sosegado y aplomado, controlado, felino (como muchos Leo que tal vez conocen, y que parecen Gatitos Tímidos aunque son Leones altaneros), Napoleón personificaba a su signo solar con cada acto y ademán. Es innegable que la mayoría de los Leones y Leonas son superiores en muchos sentidos a aquellos con quienes tienen la condescendencia de codearse. Son inteligentes, a menudo apuestos o bellos cuando sacuden confiadamente sus hirsutas melenas, tienen un andar y un porte garbosos, son irresistibles desde el punto de vista romántico, afables y generosos, sabios y protectores, valerosos y nobles, leales y estimables. Pero pueden despertar deseos de asestarles de tiempo en tiempo un puntapié afectuoso en los fondillos de sus reales pantalones cuando les endilgan uno de sus altivos y arrogantes asertos de que «El rey (o la reina) no puede equivocarse». Procuren hacerle confesar un error a un Leo. Vamos, inténtenlo… y les deseo mucha suerte. Para reconocer los errores hace falta humildad, y los Leo están un poco escasos de esta virtud, para decirlo en términos indulgentes.

La razón por la cual estos dos consiguen entenderse tan bien con sorprendente frecuencia es en realidad muy sencilla. Los soberanos siempre se sienten más distendidos en compañía de uno de sus pares que en la de un inferior (otros signos solares). Comprenden lo que siente otro León o Leona. Saben cómo suministrarse mutuamente la mínima dosis diaria de halagos aderezados con sinceridad, y desdeñan el empleo de falsas lisonjas a las que no asignan más valor que a la bisutería, cuando se las compara con las raras y preciosas gemas de la auténtica estima. Cuando pueden darse ese lujo, intercambian diamantes, y nunca cosas vulgares; primeras ediciones encuadernadas en tapas duras, y nunca libros baratos y antiestéticos encuadernados en rústica; así como un Leo nunca agraviará a otro con la imitación plástica de la adulación como subtítulo del genuino respeto. Su lealtad y devoción mutuas serán profundas y vehementes, porque sus naturalezas fogosas fueron forjadas para satisfacer sus desafíos y sus exigencias recíprocas de dignidad. Como todos los verdaderos monarcas, cuando dos Leo deben tratar con los de su misma alcurnia despliegan normalmente una capacidad instintiva para captar la delicadeza del protocolo personal, e intuyen con infalible perspicacia hasta dónde se puede llegar tranquilamente, sin infringir los límites de la etiqueta real. Dos Leo que pierdan el control durante una crisis, y que traspongan accidentalmente esta línea invisible en su relación mutua, casi siempre tratarán de encontrar un chivo expiatorio al cual achacarle la culpa. No es una buena idea merodear por el castillo cuando una pareja de Leones se declara la guerra. Después de concertar la tregua probablemente arrojarán a todos los espectadores inocentes a la mazmorra, acusándolos de fomentar la revolución… y pueden estar seguros de que el hecho de quedar congelado por la frígida desaprobación de Leo constituye un penoso cautiverio emocional. ¿No sabían que nunca son los reyes y las reinas quienes inician las guerras?

Quienes provocan todos los conflictos son esos súbditos descarriados y demagogos (por ejemplo, los amigos, vecinos o parientes). Desde luego, en la lucha inevitable por la supremacía, se infligirán mutuamente frecuentes (y a veces profundas) heridas de orgullo lesionado. De vez en cuando se rugirán coléricamente el uno al otro, y tendrán dificultades para dividir por partes iguales el gobierno de cualquier feudo que controlen. Pero la refulgente, cálida y clemente benevolencia del Sol regente brilla a través de todas las palabras y todos los hechos de Leo, y determina que cada uno de ellos desee aunque más no sea fingirse dueño de suficiente nobleza de carácter como para ser generoso en la victoria, e impávido en la derrota. Con tal que sus signos lunares no sean peligrosamente incompatibles, estas dos criaturas orgullosas casi siempre logran armonizar sus diferencias, cualquiera haya sido la cantidad de espinas agudas que se clavaron recíprocamente en las zarpas… porque Leo rige al corazón, donde siempre se puede hallar el Reino de la Dicha.

Adaptación de Linda Goodman

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